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El español Carlos Sainz alzó este viernes su cuarto Dakar en una jornada en la que se citó con el olimpo del automovilismo, ese que forman nombres como el alemán Michael Schumacher, el brasileño Ayrton Senna o el francés Stéphane Peterhansel, y se convirtió, más si cabe, en leyenda de este deporte.

Sainz y su infatigable compañero de sufrimiento, el catalán Lucas Cruz, copiloto del madrileño, hicieron historia al convertirse en los primeros corredores en convertir un coche híbrido en campeón del Dakar, un hito inimaginable a la altura de que un piloto de 61 años, como los que tiene Sainz, alce su cuarto Touareg.

Lo hizo, además, con contundencia, pues tras la avería del francés Sébastien Loeb durante la jornada de este jueves, el español terminó la prueba con más de una hora y veinte minutos sobre el belga Guillaume de Mevius (Toyota), segundo clasificado por delante de Loeb, que acabó en el tercer escalón del podio.

A pesar de no ganar ninguna etapa, el piloto madrileño y el copiloto catalán se exhibieron durante buena parte del Dakar y, en las tres etapas más complicadas, fueron los grandes protagonistas; quedaron segundos en una primera jornada llena de piedras y pinchazos, segundos en la sexta, una crono de 48 horas por el mayor desierto de arena del último y terceros en la penúltima, otra maratón de piedras en la que Sainz bajó el ritmo tras ver la avería de Loeb, consciente de que ya nadie podría acercarse a sus tiempos de la general.

Otra de las grandes diferencias respecto a sus rivales fue el perfecto funcionamiento de su Audi, un vehículo que desde la propia marca comentaban que tenía el doble de posibilidades de pararse que los demás vehículos, pero que sin embargo no dio ningún problema durante el rally Dakar. De hecho, el mayor inconveniente para Sainz fue el de no entender los pinchazos.

“Yendo rápido, pincho; yendo despacio, pincho igual… al final no sabes qué hacer”, subrayaba Sainz el pasado miércoles. No obstante, es un mal totalmente menor para un Dakar marcado, más allá de la exhuberancia del madrileño, por los problemas que dejaron a Sainz sin grandes favoritos a los que enfrentarse.

El saudí Jazeed Al Rajhi (Toyota), líder desde la tercera etapa hasta la sexta jornada, volcó sobre las dunas en la primera de los dos días que duró la etapa reina del Dakar. En la segunda jornada de esa etapa, el catarí Nasser Al-Attiyah (Prodrive), sabedor de que Sainz le había ido abriendo hasta 25 minutos de ventaja, intentó ir con todo, pero el Dakar no le dio la posibilidad de revalidar por tercer año consecutivo el Touareg y perdió más de una hora por una avería mecánica.

Desde entonces, fue una cuestión de gestionar esfuerzos. El español tenía más de veinte minutos sobre el sueco Mattias Ekström (Audi) y algo más de treinta sobre Loeb. El primero en caer fue el sueco, al que una avería de dos horas le hizo olvidarse de sus posibilidades de pelear por la general.

Por su parte, Loeb perdió dijo adiós a sus opciones este pasado jueves, cuando una avería en la suspensión le relegó a la tercera plaza, perdiendo más de hora y cuarto respecto a Sainz.

Así, esta última etapa de 174 km que ganó Loeb fue un paseo triunfal para el madrileño, que se convierte así en el primer piloto de la historia del Dakar en ganar con cuatro marcas distintas y el más veterano en hacerlo, con más de 61 años.

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